sábado, 23 de agosto de 2014

La inevitable evolución hacia una internet sin operadoras


Definitivamente, la red que tenemos hoy no tiene demasiado que ver con lo que sus creadores originales pensaron para ella. El sueño de una red completamente descentralizada y de imposible control choca con unas operadoras que poseen la mayor parte de la infraestructura, empeñadas además en rentabilizarla privándola de su naturaleza intrínsecamente neutral y revendiendo canales preferenciales al mejor postor, y de gobiernos ávidos por vigilar todas las comunicaciones que tienen lugar en ella.

A partir de un esquema original sencillo y de un protocolo caracterizado por la simple conmutación de paquetes, hemos construido complejos esquemas de seguimiento de los usuarios, sistemas de identificación persistentes y formas de control que harían palidecer al mismísimo George Orwell. De ahí que la idea de volver a descentralizar la red, de redefinir las comunicaciones al margen de las operadoras y los gobiernos, haya estado en la mente de numerosas personas desde hace ya bastantes años.

Con elementos como los routers que tenemos en nuestros hogares, las redes WiFi municipales o diversos tipos de de dispositivos y protocolos, hemos visto circular numerosas ideas alrededor de la posibilidad de construir esa red verdaderamente descentralizada, al margen de todo control.
Pero el desarrollo que ha terminado de impulsar el tema, sin duda, ha sido el de la movilidad: actualmente, millones de personas de todo el mundo llevan en sus bolsos y bolsillos un ordenador con capacidades de comunicación avanzadas, que puede ser utilizado como ladrillo fundamental para construir esa red. Y de hecho, así lo estamos empezando a ver, por primera vez con suficiente entidad como para considerarlo viable: en países como Irak o Taiwan, en el curso de protestas ciudadanas que querían eludir la vigilancia o el bloqueo de la red por parte del gobierno, miles de ciudadanos han estado recurriendo a una aplicación, FireChat, que les permite precisamente eso: conectar dispositivos entre sí y crear una red completamente descentralizada, en la que todos los dispositivos actúan como nodos de una red mesh. Detrás de la aplicación está Open Garden, una compañía finalista del TechCrunch Disrupt de hace dos años en Nueva York que ya ha recibido abundante atención de los medios, y que afirma que la escasez de espectro es simplemente un mito difundido por las operadoras y que lo que tenemos que hacer es reinventar la red usando redes Wifi y nuestros dispositivos móviles.

La empresa ha conseguido atraer nada menos que al francés Xavier Niel, creador del segundo proveedor de acceso y el tercer operador móvil de Francia, Free, y que recientemente se ha embarcado en la puja por hacerse con T-Mobile US, el cuarto operador norteamericano, con más de cincuenta millones de clientes. Rápidamente, hemos visto desatarse todo tipo de especulaciones uniendo el potencial de ambas empresas: la aplicación de Open Garden ha sido hasta el momento descargada unos cinco millones de veces, pero afirma que en zonas con densidad de población elevada, bastaría con un 7% de terminales con ella instalada para poder proporcionar acceso a la web a todos los usuarios sin necesidad de estar conectados a un operador o a una red WiFi directamente, convirtiendo a las operadoras en redundantes.

¿Qué llevaría a que precisamente una operadora protagonizase una especie de “suicidio” proponiendo un servicio que genera su propia pérdida de importancia? Precisamente eso, la auto-disrupción como forma de innovación, el intento de capitalización de un fenómeno que, aunque tú no lo provocases, terminaría por suceder. Poder ser la primera empresa de telecomunicaciones en un mundo post-operadoras. Un futuro para el que indudablemente falta aún bastante tiempo, pero que podríamos estar empezando a vislumbrar.

Llevo escribiendo sobre la idea de redes completamente distribuidas desde el año 2006, y si algo tengo claro es que el incremento de potencia y la progresiva ubicuidad de los terminales móviles es un desencadenante seguro para la aparición de este tipo de redes, primero vinculadas con circunstancias específicas (bloqueos, censura, control, etc.), pero en algún momento, de manera totalmente generalizada. El control de las redes de comunicación es en último término imposible, como bien han demostrado los terroristas de ISIS reabriendo en la red social descentralizada Diaspora los perfiles que Twitter le había cerrado por utilizarlos para difundir sus barbaridades.

Y es en ese aspecto donde radica precisamente la gran discusión: qué va a ocurrir cuando la red sea realmente un medio descentralizado y de uso sencillo que permita publicar y difundir absolutamente cualquier cosa. El desarrollo de la deep web, con su enorme red de nodos y sitios dinámicos accesibles únicamente mediante aplicaciones de anonimización que el usuario medio desconoce, no es más que una evidencia de una deriva que en el largo plazo no puede ser evitada, algo inevitable con lo que va a ser necesario acostumbrarse a vivir. Para bien y para mal.


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